Alejandro González

Soy un psicólogo que trabaja en el ámbito clínico en las áreas de ansiedad y trastornos del estado del ánimo, es decir: casi todo. También trato en profundidad terapias de pareja y familiar pues, como decía Freud, “toda terapia es terapia familiar”. Me gusta conectar con mis pacientes y ayudarlos a resolver sus problemas, y se me dan particularmente bien los adolescentes problemáticos. Esto último no debería sorprender a nadie: yo también fui un adolescente complicado.

Como profesional

En mi labor terapéutica tengo un enfoque ecléctico, es decir, integro diferentes ramas de la psicología y herramientas terapéuticas muy diversas. Conceptualizo los casos desde un enfoque sistémico centrado en las emociones, transaccional, ericksoniano y estratégico.

Después, aplico un procedimiento hecho a la medida de cada paciente y totalmente fluido pues, a pesar de tener un plan de intervención, a veces tenemos que flexibilizarnos y ser capaces de adaptarnos a los problemas o estados emocionales que nos traiga la persona cada día.

Trabajo desde una triple vertiente pasado-presente-futuro, centrándome en las emociones, los pensamientos y las sensaciones que preocupen al paciente hoy, buscando una conexión en su pasado y preparando a la persona para un futuro en el que pueda experimentar un mayor bienestar.

Biografía

Mis experiencias vitales han sido, en algunos aspectos, muy diferentes a las del resto de la gente, y en otros muy parecidas. Empecé a trabajar a los 12 años, en el negocio de hostelería de mis padres. A los 18, y después de haber sido expulsado de tres institutos, decidí irme de casa a la capital de Cantabria, y más tarde con 20, fui a Madrid.

Allí trabajé como vigilante de seguridad algún tiempo, y luego entré en el mundo de las ventas. Rápidamente pasé de trabajar en un ámbito nacional a hacer trabajos ejecutivos en empresas multinacionales, viajando por toda España, hasta que un proyecto con el antiguo Banco Central Hispano me llevó a vender hotel Destiny Villareal a una empresa brasileña. Tenía en ese momento 22 años, y me creía el rey del mundo. Ganaba mucho dinero, pero no sabía manejarlo y se me escapaba velozmente de entre los dedos. Al poco tiempo me vi en bancarrota, y pasé un tiempo por varios empleos de tránsito mientras trabajaba en el que sería mi próximo reto: ser empresario.

Con mi experiencia como ejecutivo, creía que sabía lo que era trabajar duro y soportar altos niveles de ansiedad, pero como me dijo un compañero que también fue torero, “se pasa más miedo como empresario que delante de un toro de 700 kilos”. Es cierto que hay personas que no pasan miedo en los negocios, que hasta dicen que disfrutan con el riesgo. Yo creo que son ludópatas de los negocios.

Con el tiempo, la presión constante y la incertidumbre hicieron que me “rompiera”. La ansiedad y la tristeza que experimenté durante esa época hicieron que estuviera devastado durante mucho tiempo, hasta que me recuperé por medio de un trabajo personal duro e intenso y que, desde luego, no duró dos o tres meses.

Después de mi recuperación vinieron el divorcio, el cierre de las empresas, y mi preparación para el que sería mi próximo reto vital, convertirme en aquello que siempre había sido aún sin saberlo: psicólogo.

Y si te cuento todo esto es porque creo que es importante que un psicólogo tenga una trayectoria vital extensa y a veces un poco catastrófica. Esto ayuda a ponerse en el lugar de los demás y a entenderles, a aceptarles tal y como son. Cuando te has equivocado y te has dado de bruces contra la misma piedra más veces de las que puedes contar, cuando has traicionado tus principios y a ti mismo, cuando sabes lo que son el engaño, el éxito, el fracaso… entonces, estás preparado para ejercer esta profesión.

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